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Industria 2.0

Industria 2.0

Seguimos con la serie de posts dedicados a las principales revoluciones industriales de nuestra era. Tras haberos contado los detalles más interesantes de la Primera, avanzaremos unos años para hablaros del siguiente hito histórico en el ámbito de la industria: la Segunda Revolución Industrial.

Un poco de historia

En realidad, esta nueva revolución, cuyo periodo abarca el comprendido entre 1850-1870 y el inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914, no puede ser considerada un acontecimiento separado de la anterior, sino más bien una evolución y un perfeccionamiento de las ventajas derivadas de aquella. Una vez que los conflictos militares y políticos que azotaron Europa y América a principios del siglo XIX fueron desapareciendo, los grandes cambios económicos, sociales y tecnológicos acontecidos a finales del XVIII resurgieron con más fuerza y provocaron una aceleración de los procesos industriales que alteraron considerablemente la forma de vida de los ciudadanos de prácticamente todo el mundo.

Por ejemplo, el capitalismo echó raíces y se estableció como principal modelo económico (lo que supuso la consolidación de la burguesía, y sentó las bases de la futura lucha de clases entre esta y el proletariado), surgieron las primeras potencias mundiales: Estados Unidos, Japón y Alemania, y se realizaron importantísimos descubrimientos y avances tanto tecnológicos como científicos. Sin duda uno de los más trascendentales fue el uso de la electricidad como nueva forma de energía, hecho del que hablaremos más adelante, pues las aplicaciones económicas de aquella propiciaron una serie de cambios realmente interesantes.

Pero, sin duda, uno de los aspectos más destacados de esta segunda revolución fue la presencia abrumadora de las máquinas. La falta de trabajo en el campo era cada vez mayor, y los habitantes de las zonas rurales se mudaban a las ciudades (las cuales también comenzaron a experimentar un desarrollo y una expansión considerables) para encontrar su lugar en una industria cada vez más creciente. Desgraciadamente, la situación también iba a complicarse allí, pues fue durante esta época cuando se vivió un auge nunca visto antes de la mecanización de los procesos industriales, y cuando vio la luz el más novedoso de estos, que se ha mantenido hasta nuestros días: la producción en cadena, cuyo objetivo era aumentar de manera notable la productividad en una empresa. En este ámbito, dos nombres propios brillan por su importancia: el de los ingenieros norteamericanos Frederick Winslow Taylor y Henry Ford, de los que provienen dos sistemas de organización industrial que marcaron época: el taylorismo y el fordismo.

Las principales innovaciones

La Segunda Revolución Industrial nos dejó una serie de innovaciones realmente disruptoras para la época. Fue, sin duda, una de las eras más prolíficas en el ámbito de los descubrimientos tecnológicos y científicos. Estamos hablando de un espacio de tiempo histórico que fue testigo de las novedosas teorías del físico alemán Albert Einstein, de las ecuaciones del escocés James Clerk Maxwell, claves en el estudio del electromagnetismo, de la aparición de la dinamita gracias al químico sueco Alfred Nobel, de los estudios del también químico, aunque nacido en Alemania, Adolf von Baeyer, padre de los barbitúricos, del hallazgo de nuevos metales, como el zinc o el aluminio, de la invención del cinematógrafo de los hermanos Lumière, o de los increíbles descubrimientos acerca de la energía eléctrica llevados a cabo por uno de los visionarios de su tiempo: el ingeniero astrohúngaro Nikola Tesla.

Industria 2.0

En definitiva, la Segunda Revolución Industrial supuso una auténtica explosión de innovaciones que cambiarían el mundo, pero nosotros vamos a centrarnos en el ámbito que más de cerca nos toca: el de la energía.

La energía en la Segunda Revolución Industrial

Aparte de que la oferta energética había estado aumentando gracias al perfeccionamiento de los avances realizados en este campo en la Primera Revolución Industrial (como la máquina de vapor de Watt), el descubrimiento de dos nuevas fuentes de energía fue clave en este periodo.

Una de ellas fue el petróleo. En 1850, tres hombres, James Young, Edward Meldrum y Edward William Binney, crearon la primera fábrica y refinería privada de petróleo. Allí se producían tanto aceites lubricantes como nafta, es decir, gasolina. Seis años después, esta comenzó a utilizarse como combustible en detrimento del vapor, lo cual dio lugar a interesantes inventos. Comentaremos dos de los más importantes:

  • El motor de combustión. En 1860, el ingeniero belga Jean Joseph Etienne Lenoir diseñó y construyó el primer motor de combustión interna de dos tiempos y, un año después, el de cuatro tiempos. Aunque fue en 1876 cuando su buen amigo Nicolaus Otto, un ingeniero alemán (creador del primer motor de gas), perfeccionó el motor de cuatro tiempos y sentó las bases de los motores actuales. El invento de Otto aprovechaba la energía que se desprendía de la quema de la gasolina para generar energía mecánica. Esta innovación supuso, con el tiempo, la fabricación de los primeros automóviles que funcionaban con gasolina. El primero de ellos, un monoplaza de tres ruedas, vio la luz en 1879, gracias a Karl Benz.
  • El avión. Uno de los inventos más revolucionarios fue sin duda el que condujo a que los seres humanos pudieran surcar los aires a gran velocidad. Antes de los aviones propulsados, Sir George Cayley, padre de la aerodinámica, había construido el primer planeador para pasajeros en 1853. El primer avión con motor (aunque de vapor) fue diseñado y construido por el ingeniero francés Clément Ader: su Éole despegó el 9 de octubre de 1890 y voló, autopropulsado, durante cincuenta metros. Ader fue perfeccionando sus aviones hasta conseguir, siete años después, que volaran trescientos metros. Sin embargo, la mayor hazaña en el ámbito de la aviación la consiguieron los pioneros hermanos Wright, cuando el 17 de diciembre de 1903 realizaron el primer vuelo a motor de gasolina.

La otra nueva fuente de energía que se comenzó a utilizar fue, como habíamos comentado en el apartado anterior, la electricidad. Esto supuso una autentica revolución en diversos sectores de la sociedad, como en el de las comunicaciones, afectó de manera muy positiva a diversos procesos industriales (por ejemplo, el de la refrigeración) y facilitó la vida de las personas en las ciudades, gracias a, entre otras cosas, los primeros sistemas de alumbrado eléctrico (diseñados por el inventor Thomas Alva Edison).

Gracias a los avances en los estudios de la electricidad, a partir de la segunda mitad del siglo XIX empezaron a ver la luz inventos que transformaron radicalmente nuestro mundo. Veamos dos de los más importantes:

  • El telégrafo. En realidad, el telégrafo eléctrico es algo anterior al inicio de la Segunda Revolución Industrial, pero fue de gran importancia durante el transcurso de esta. El primer telégrafo fue diseñado y construido por el norteamericano Samuel Morse en 1837, quien también invento un código de transmisión de datos que lleva su nombre. Dos años después, en Estados Unidos, Francia e Inglaterra se instalaron las primeras líneas de telégrafo. Pero fue el ingeniero italiano Guillermo Marconi quien dio una vuelta de tuerca a este concepto gracias a sus estudios en electromagnetismo, y diseñó la primera transmisión de señales de telegrafía eléctrica sin el uso de hilos. Además, sus descubrimientos propiciaron la creación de un invento crucial en las venideras guerras mundiales: la radio, aunque su invención está oficialmente atribuida a Tesla.
  • El teléfono. Aunque mucha gente piensa que su desarrollo fue obra del científico británico Graham Bell, en realidad fue un italiano, Antonio Meucci, quien diseñó en 1957 el primer teléfono eléctrico, con el fin de comunicarse fácilmente con su mujer, enferma de reuma y, por ende, postrada casi siempre en una cama. El dispositivo de Meucci, bautizado como teletrófono, permitía enviar señales acústicas de un aparato a otro gracias a la electricidad. Sin embargo, Meucci nunca pudo registrar la patente por falta de dinero. Bell estudió a fondo su invento, lo perfeccionó y lo patentó en 1876. Su uso por las ciudades comenzó a extenderse lentamente, pero unas décadas más tarde, cada hogar disponía ya de su propio teléfono.
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